Una mañana y un bar.
Un anciano, al borde del tiempo
fugaba su mirada por el ventanal
y se fundía en el parque.
Mirada perdida, que buscaba encontrar algo,
quizás en el desván, entre recuerdos
o quizás
imaginando los segundos venideros.
El café, helado. Casi inadvertido.
Pupilas tiesas.
Agudas.
Pétreas.
Ya me iba, cuando pude adivinar
en el bascular de un parpadeo
dos pupilas
con un mundo, mucho más grande
que todo el universo.
Jorge Daniel Bonanno
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