Era un día de Otoño
con el frío trepidando por los huesos.
Era la vida y un abismo
que desgarraba vértigo.
Era una montaña alta,
como pocas he visto en el camino
y era yo, allí parado
esperando que mi alma se decida.
De un lado, todo
y del otro lo mismo, lo de siempre
muy poco, casi nada. Mis manos húmedas se hacían puño
en procura de coraje
y mis pies
pisaban un eje imaginario
que mi mente dibujaba.
De pronto el aire se detuvo
y el silencio, puso fin al intercambio.
Con soledad extrema,
en menos de un segundo
medí mis fuerzas con el miedo
y sabiéndome de la talla del universo
salté.
Salté al abismo.
A un abismo extremo.
Mis alas, crecieron en la caída,
como por arte de magia;
como si hubieran esperado el salto para desplegarse,
como si hubieran estado siempre,
pero dormidas.
Quizás me empujó el diablo,
o Dios,
o los dos juntos.
Quizás,
para mostrarme las alas que ignoraba
y me aguardaban latentes en el salto.
Ya no le temo a los abismos,
ni a las alturas.
Ahora vuelo.
Jorge Daniel Bonanno
www.jorgebonanno.blogspot.com
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